Y TÚ ¿QUÉ BUSCAS?¿PROBLEMAS O SOLUCIONES?

SOLU

Como bien saben muchos estrategas, desde el mundo de la empresa al de la política, pasando incluso por la religión, no hay nada más fácil de vender que el miedo. De hecho, no hace falta venderlo, solo tienes que exponerlo, y la gente lo compra. Y, si bien resulta de utilidad para sobrevivir, resulta un poderoso incapacitante en muchas ocasiones.

Al comienzo de la guerra de secesión norteamericana, los fusiles con que se armaban ambos ejércitos eran de “avancarga”, es decir, se cargaban por delante, por el cañón. Se echaba la pólvora y la bala, se tapaba y se apretaba bien con una baqueta. Luego se amartillaba y se ponía una carga en el pistón y… listo. Si para entonces no te habían pegado primero un tiro o pasado a bayoneta.

En la década de 1860, un tal Christopher Spencer diseñó un nuevo fusil, que llevó su nombre además: el “fusil Spencer”, y se lo presentó al ejército de la Unión, convencido de que podía darle una ventaja importante en el campo de batalla.

Usaba balas embutidas en un casquillo de cobre, ya con su carga de pólvora dentro, y disponía de un tubo donde se insertaban siete de esas balas, una tras otra. Para disparar, se amartillaba y… pum. Y para volver a disparar, simplemente se daba a una palanca y… pum. Y así hasta siete veces. Y cuando disparaba las siete balas, colocar otras siete llevaba menos tiempo que preparar el modelo “avancarga” para un solo disparo.

Un soldado con mucha destreza, podía disparar entre dos y tres veces por minuto con el modelo “avancarga”. Con el fusil Spencer, cualquier soldado podía disparar veinte veces por minuto. Diez veces más! Una gran ventaja para atacar, y no digamos para defenderse.

Aun así, los generales del ejército de la Unión se mostraban reacios a reequipar a sus soldados con el nuevo fusil. Y no era porque desconfiaran de su funcionamiento. El equipo de Spencer les había preparado varias demostraciones en las que quedó patente el buen funcionamiento del nuevo arma.

El amigo Spencer, algo extrañado y casi desesperado, consiguió finalmente una audiencia privada con el presidente, a la sazón el Sr Lincoln, que además era aficionado a las armas y a la tecnología en general. Y como también era buen tirador, propuso organizar una sesión de tiro privada para el Sr presidente en la que pudiera probar el nuevo fusil.

El Sr Lincoln no tardó en entusiasmarse con el resultado, y llamó a capítulo a sus generales, quienes, viniendo la recomendación de su comandante en jefe, tuvieron que emplearse a fondo con sus argumentos. Por alguna razón, los “expertos” del ejército de la unión, lejos de ver el potencial del “fusil Spencer”, tan solo le veían pegas. Increíble?

Finalmente, aunque poco a poco, dieron su brazo a torcer. Primero fue Armada quien equipó a sus tropas con el “fusil Spencer”. Y eso que, al menos en principio, no parecía que los marineros fueran los que con mayor probabilidad se enfrentaran al enemigo a tiro limpio. Aquello no parecía tener sentido.

Tras insistir un poco -o un mucho- más, el Ejército también se decidió a equipar sus tropas con el nuevo fusil de repetición. Casualidad, o no, a partir de entonces las tornas del enfrentamiento entre norteamericanos comenzaron a decantarse del lado de la Unión.

Al finalizar la guerra, y tras varias vicisitudes empresariales, la compañía del amigo Spencer fue adquirida por la empresa Winchester, que incorporó sus modelos y tecnología. Sus fusiles abrieron el camino del oeste del nuevo país, facilitaron la victoria contra a los indios, y sus modelos sucesivos equiparon al ejército norteamericano en la primera guerra mundial, y luego en la segunda, con éxito en todas esas y otras contiendas.

Y porqué demonios no querían los generales de la Unión que sus soldados equiparan el nuevo fusil de Spencer?

Pues porque se centraron en los problemas. Estaban teniendo problemas de suministro para las tropas. Y entre los suministros básicos estaba la munición. Cuando Spencer les presentó su innovación, lo primero que pensaron los generales es que, con un fusil de repetición, los soldados gastarían mucha más munición. Consecuencia: más problemas de suministro.

El fusil de repetición era, sin duda, una oportunidad para obtener ventaja en batalla. El problema del suministro habría que solucionarlo, con el nuevo fusil, y con los viejos también.

Por razones evidentes, la armada tenía menos problemas de suministro de balas para sus soldados. Unas y otros iban en el mismo barco. El ejército, sencillamente, no se atrevió a dar el paso.

En el mundo de las innovaciones, que surgen como respuesta a problemas concretos, no existe las soluciones sin coste, ni alternativas sin dificultad. La opción no puede ser, no debe ser, renunciar al futuro por un problema presente. Lo correcto es, en cualquier caso, buscar una solución al problema, y si no se encuentra con las soluciones ya probadas, se buscan nuevas soluciones.

En definitiva, no se renuncia a una innovación porque hay un problema previo. Se coge la innovación ya disponible y, al tiempo, se busca otra para solucionar el problema pendiente. La mentalidad innovadora, en buena medida, siempre está a la búsqueda de problemas para solucionar.

Toda buena solución resuelve un problema. Cuando un problema nos obsesiona, apenas dejamos sitio para nada más, incluidas las soluciones. Ni siquiera una sola solución debe centrar toda nuestra atención.

Una idea fija suele parecer una gran idea, pero no por ser grande, sino por ocupar todo el cerebro”

Jacinto Benavente

Siempre hay que estar buscando. Que sean soluciones o problemas depende del enfoque de cada uno. Y cada uno puede pensar en cual es su enfoque. Si alguien te viene con una idea que soluciona “algo”, pero no es el “algo” que tienes en ese momento en la cabeza, ¿Cómo reaccionas?

Federico Moratinos

Dtor Centro de Innovación y Diseño del Campus Rural

y Responsable del proyecto Laboratorio de Innovación Abierta

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