El poder de la “+i”

Conferencias_innovacion (1)

El otro día me reuní con dos empresarios en uno de estos Centros Sociales diseñados como punto de encuentro de personas y profesionales, lugares de trabajo out-door y ubicación preferida de reuniones que precisan de un ambiente distendido e informal. O sea, en un bar.

Uno de ellos colabora en un proyecto de cierta relevancia del Laboratorio de Innovación Abierta, del que además es patrocinador. El otro deseaba participar en dicho proyecto, y como yo desconocía tanto a él como a su empresa, comencé por hacerle lo que para mí es una pregunta habitual: ¿Tu empresa es innovadora?

Me miró un tanto perplejo y comenzó a decirme a qué se dedicaba su empresa. Tras escucharle un rato, me pareció que, de algún modo, intentaba explicarme que su actividad no tenía nada que ver con ningún sector tecnológico, ni tenía un departamento de I+D+i, ni tenía patentes propias. O al menos eso me estaba pareciendo, seguramente porque he escuchado esa suerte de justificación innecesaria muchas veces.

Sin ir más lejos, del otro empresario que estaba delante. Y, seguramente por eso, él mismo terció entonces con una precisión:

  • Quiere decir, que si en tu empresa se generan y se ponen en marcha ideas innovadoras. Si se genera algún tipo de innovación, vaya!

Estuvimos charlando de forma distendida y agradable otro vino, digo otro rato, y quedó claro que en su empresa ni él, como gerente, ni su personal tenían asumida la generación de ideas e innovación como parte de sus responsabilidades u objetivos aunque, pese a todo, hacía poco más de un año, un empleado le vino con una propuesta interesante para modificar uno de sus productos, que le escuchó, que formó un pequeño equipo para profundizar en la idea y, tras analizarla mejor, se reunieron todos de nuevo para ver cómo se podría pasar a la realidad y cuanto costaría hacerlo.

Casi una hora después, o sea, dos vinos, convinimos en que su empresa no era, extrictamente, “una empresa innovadora”, pero podría llegar a serlo fácilmente, convirtiendo ese “episodio” puntual en algo que sucediera con cierta periodicidad, y tanto aplicado a su catálogo de productos como a su estrategia comercial, su sistema de aprovisionamiento, de facturación, de comunicación con clientes, o con sus proveedores, o a cualquier otra actividad de su empresa. En ese caso, sería ya parte de su cultura empresarial, de sus valores.

Y, hablando de valores, le añadí que su empresa, de hecho, “valdría” más, a efectos de cotización en el mercado o de búsqueda de inversores o capital-riesgo, si pudiera demostrar que, efectivamente, fuera una “empresa innovadora”.

Tras ingerir unas rabas estupendas, es decir, una media hora después, hablábamos precisamente de ese tema -la valoración de las empresas- y debatíamos sobre la justificación objetiva de otorgarle más valor a una empresa frente a otra por el simple hecho de que tuviera la innovación como parte de sus valores, aunque no hubiera patentado nada, por ejemplo.

Y, aprovechando esa palabra, le puse un “ejemplo”:

Supongamos que nos dejan un camping con 10 parcelas a diez personas diferentes. Una parcela por persona, todas iguales, cada una con un árbol y el mismo trozo de terreno, igual de verde, en la misma finca, la misma orientación, pero que, para poder alquilarlas a terceros, tenemos que instalar la tienda, el iglú, o lo que se nos ocurra.

Cinco personas instalan rápidamente una tienda sencilla, tipo iglú, de un solo cuerpo, prácticamente iguales. Las más habituales en el mercado. Incluso tres de ellas son del mismo color.

Otra persona se fija en ello y, pensando en que habrá quien busque otro tipo o capacidad, instala también una tienda-iglú, pero de dos habitaciones, y con una pequeña estancia en medio, y toldo extensible a modo de porchecito.

Una séptima persona se fija y le parece buena idea, que habrá familias, parejas o grupitos que necesiten más espacio. Piensa en instalar otra aun mayor, pero la parcela ya no da para más, así que instala otra muy parecida, pero de otro color y, además, con el espacio entre las dos habitaciones un poco más alto, de manera que se pueda estar de pié y a cubierto.

El octavo propietario de parcela piensa que el último modelo instalado está muy bien, pero se sale de su presupuesto, así que opta por instalar una tienda-iglú sencilla, pero instala también una pequeña barbacoa fija con mesa, en el trozo de parcela que le sobra, y que hace con cuatro piedras y un poco de maña, y se organiza para poder suministrar carbón, leña, pastillas para encender el fuego, e incluso, si se lo piden, productos cárnicos y vegetales para hacer a la brasa y, por supuesto, platos deshechables, servilletas y, ya puestos, agua, vino, etc.

Calcula que, como su tienda es pequeña y hay otras seis muy parecidas, la barbacoa puede marcar la diferencia en la elección de los turistas. Y, aunque ocuparan la suya el mismo número de días que las otras, con los pedidos de suministros ganaría más dinero, con los mismos clientes.

Entonces diseña un sistema logístico con bicicletas y remolques pequeños para dar ese servicio a cualquier cliente de cualquier parcela, llega a un acuerdo para ello con quien alquilaba las bicicletas en un pueblo cercano, ocupándose él mismo de alquilarlas además a los clientes del camping, y amplia su estrategia de colaboración con el dueño del supermercado del pueblo, para no tener que adelantar el importe de los suministros a sus clientes y mejorar un poco el precio, haciéndole también el servicio de reparto “sostenible” por la comarca.

¿Quien conseguirá más clientes?

¿Quien invirtió mas dinero?

¿Quien conseguirá más ingresos?

¿Quien ganará más dinero, amortizando antes las inversiones?

Pero, sobre todo…. si nos ofrecieran un premio de un millón de euros, si acertamos quien de todos ellos le irá mejor como emprendedor dentro de dos o tres años… a quien señalaríamos? ¿Con quien invertiríamos, aunque fuera en otro tipo de negocio, en otro sector? ¿Por qué? ¿Qué “valores” o “cultura empresarial” estaríamos apreciando como “valor”?

Es posible que algunos tuvieran clara su elección. Imaginemos entonces que tres de los primeros, los que instalaron una tienda sencillita, deciden cooperar, juntar sus parcelas y su capacidad de inversión, diseñan y montan una tienda “superguay”, hasta con calefacción y cocina, para tener clientes todo el año…

El verdadero “valor” de la “+i”, o de la “cultura empresarial innovadora” es que no se plantea la innovación como un esfuerzo puntual, sino como una forma de vivir el día a día empresarial, porque siempre hay un pez más grande, más bonito o más listo. Siempre hay alguien en la competencia generando “+i”.

Federico Moratinos

Dtor Laboratorio de Innovación Abierta

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