¿CUÁNTO VALE UNA IDEA?

 

IDEA

Unos dicen que una idea, por sí misma, no vale nada. Más frecuentemente cuando es de otro. Pongamos que tenemos experiencia profesional trabajando en la banca, y que nos han hecho un ERE, y tenemos también un cheque de cuarenta mil euros. Bien, y ahora… qué hacemos? Seguramente necesitaremos… una idea.

Si resulta que hace frio (el entorno es duro) pero disponemos de una chimenea (un local, una nave, un espacio) y tenemos bastante leña (recursos) la idea sería la cerilla. No nos servirá de mucho por sí misma pero, sin ella, todo lo demás tampoco.

Los medios y los recursos no suelen tener un propósito definido. Sirven para muchas cosas, depende de cómo y para qué los utilicemos, o de cómo los dispongamos. Y ese “cómo” viene definido por la idea.

Los medios y los recursos cuestan dinero, y tiene un valor. De verdad podemos convencernos de que las ideas no lo tienen?

He cambiado el verbo a propósito, y en el caso de los medios y los recursos me he servido del verbo “costar” y he cambiado al verbo “valer” para referirme a las ideas.

Todos hemos tenido alguna idea útil en más de una ocasión. En el plano profesional o en el terreno personal. ¿Quien no recuerda una reunión de amiguetes un viernes por la noche haciendo planes para hacer algo juntos el domingo? Uno propone repetir el plan de hace un mes, y el resto contesta que ya está muy visto. A otro no se le ocurre nada diferente. Al final, a alguien se le ilumina la mirada y suelta “eh! Y qué os parece subirnos a la cabaña del monte Sindo con unas tortillas y jugamos a las pelís?”

A unos les gustará la idea, y a otros no. Algunos esperarán que a alguien se le ocurra otra que les guste más, y a otros esa idea les dará la pista, o el arranque, para concebir y sugerir otra. Toda idea prende algo, cuando hay algo que encender.

Y cuanto le habrá “costado” a la pandilla tener esas ideas? ¿Tiempo? Y cuanto tiempo llevó? ¿Segundos? ¿Un minuto? Una idea puede surgir en décimas de segundo. Cosa distinta es el valor de una idea, que depende, entre otras cosas, de su destino.

De manera que podemos colegir que si nos proponemos tener una idea valiosa, debemos pensar en un destino valioso. Dicho de otro modo: el valor de una idea innovadora depende, directamente, del reto o desafío que nos propongamos enfrentar para concebirla como solución o respuesta al mismo.

Podríamos decir que, en el caso de una organización, conseguir que un equipo de trabajo alumbre una o varias ideas con potencial innovador puede llevar horas de esfuerzo y dedicación de varias personas. Ahora bien, una metodología eficiente debe permitir alcanzar ese objetivo en cuestión de pocas horas, que siempre estarán entonces bien invertidas. Y como toda actividad humana, con la práctica se termina haciendo mejor y más rápido.

Si se hace necesario invertir días, semanas, o meses en alumbrar buenas ideas innovadoras para aplicar a un negocio, el problema probablemente estará en las personas -que no estarán suficientemente entrenadas- o en el método de trabajo, que no estará definido teniendo en cuenta criterios de eficacia. Siempre que hablemos de innovación -no de creatividad- hablamos de visión empresarial, y todo enfoque empresarial debe llevar implícito la eficiencia, medida en términos de coste y potencialidad.

Volviendo a la reflexión de partida, en primer lugar, el valor de una idea se mide por lo que hagamos con ella y, en segundo lugar, si somos capaces de concebir ideas innovadoras de forma eficiente, siempre que lo necesitemos y para aplicar en aquello que deseamos, el proceso de generación de ideas en nuestra organización será, en términos de coste / potencialidad de beneficios, probablemente, la actividad más rentable de la organización.

Un señor llamado Guy Kawasaki – que nada tiene que ver con las motos – señaló que, antes o después, toda empresa se ve abocada a tener que elegir: o ser más barata, o ser diferente. El camino de ser más barato siempre termina agotándose. El que lleva a ser diferente, por el contrario, no tiene fin, y cada vez que conseguimos diferenciarnos, nos volvemos más eficaces haciéndolo. Y lo que nos permite ser diferentes son nuestras “propias” ideas.

Para desarrollar o poner en marcha el resto de las actividades generadoras de valor en nuestra organización habremos invertido medios y recursos. La cuestión que debe hacerse desde toda organización es ¿Qué medios o recursos se invierten para conseguir ser innovadores, para ser diferentes?

El esfuerzo global, desde lo público a lo privado, desde lo local hasta lo nacional y europeo, por mentalizar a nuestras empresas a que apuesten por la innovación, parte de esas y otras reflexiones similares, que a su vez se sustentan en cifras y comparaciones empíricas incontestables.

La alternativa a apostar por la innovación es, como sentenció el Sr Kawasaki, apostar por ser más barato. ¿Podemos ser el año que viene más baratos que este? ¿Y el siguiente? ¿Y el otro? ¿Hasta cuando? ¿Hasta cuanto?

Federico Moratinos

Dtor Centro de Innovación y Diseño del Campus Rural

y Responsable del proyecto Laboratorio de Innovación Abierta

 

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