Ahh! Qué susto: Una IDEA!

miedo

Por más que a alguno le pueda parecer extraño, e incluso paradójico en estos tiempos, el título de estas líneas es fiel reflejo de lo que pasa por la cabeza de más de un empresario cuando alguien le viene con una propuesta de innovación.

Además de los prejuicios, o juicios previos, o juicios apresurados, el principal enemigo de la innovación a nivel individual es el miedo. Miedo a la incertidumbre, miedo al fracaso, miedo al riesgo. La verdad es que lo de menos es a qué. Lo importante es el miedo.

Cabría suponer que, en un empresario, o en un empresista en general, el miedo es algo que se habría aprendido a superar. La diferencia entre ser empresario, o profesional autónomo, y buscar un empleo por cuenta ajena es, sobre todo y fundamentalmente, asumir un riesgo, y vencer el miedo que supone contar con ello. Y no sólo al principio, sino de forma permanente, cada ejercicio económico, cada mes, cada día.

El miedo se vende sólo. Hay pocas cosas que la gente acepte tan fácilmente. Es un mecanismo de supervivencia. Al menos en origen. Y la máxima es siempre seguir vivo. Podemos recordar la campaña contra la gripe aviar, que generó ventas de miles de millones de dólares en medicamentos que, además, resultaban inútiles. Pero el miedo era más fuerte que la razón.

El mismo miedo que sirve para vender millones de armas entre la población de Estados Unidos, pese a ser conocedores de que la mayoría de las muertes producidas por esas armas domésticas se producen entre los propios habitantes de las casas donde se guardan, cuando se supone que se guardaban para protegerse de los de fuera. Da lo mismo, el miedo suele ganar las batallas, siempre encuentra aliados, como bien saben también los estrategas de campañas políticas.

¿Qué razón podemos realmente esgrimir frente a una idea innovadora para resistirnos a analizarla y evaluarla con calma? ¿Falta de tiempo? ¿Acaso no dedicamos tiempo a buscar soluciones sin encontrarlas? ¿Y no es una idea innovadora una posible solución, al menos hasta que podamos descartarla tras su análisis?

En 1875 la Western Union rechazó el teléfono presentado por Bell: “Tiene demasiados puntos débiles para considerarlo seriamente como un medio de comunicación”. Como lo oyen. “Los aeroplanos son interesantes, pero carecen de valor militar” dejó escrito para la historia el Mariscal Ferdinand Foch, profesor en la Escuela de Estrategia Militar de Francia en 1904. O el caso del amigo Warner, de la Warner Bros, que en 1927 preguntó “Y Quien demonios va a querer oír a los actores? Le estaban proponiendo un sistema para poner sonido en las películas.

Todas esas propuestas, que la historia demostró ser, no sólo innovadoras, sino generadoras de verdaderas fortunas y un sinfín de nuevos negocios, tenían una cosa en común: aceptarlas suponía asumir el cambiar cosas.

La cuestión de fondo es que, de hecho, quienes las rechazaron no sabían, en ese momento, exactamente cuantos cambios serían necesarios, ni cuanto costarían, ni si serían fáciles o difíciles. Y aun así rechazaron las propuestas. ¿Por qué? Por miedo. ¿Miedo a qué?

A lo desconocido. A abrir una puerta sin saber lo que hay detrás. ¿Se está bien de este lado? ¿Hay de todo? ¿No hay problemas?¿Hay para todos? ¿Hay alternativas?

Siempre las hay. Lo demuestra la historia. Una y otra vez. Pongamos un ejemplo: un empresario de hostelería, dueño de un bar, que piensa que la explotación de la terraza le aporta un complemento de ingresos muy necesario pero que, al mismo tiempo, tiene el problema de depender del tiempo y, además, requiere de tener que contar con refuerzo de personal, y no estable, y a saber a quien encuentra cuando le haga falta, y es un sobrecoste. El cobrar un poco más por las consumiciones en la terraza no es suficiente, y elevar los precios aleja a los clientes. Casi todo el mundo asume que sentarse en una terraza es más caro, pero…

Terreno sembrado para la innovación: un problema, una actividad empresarial, un mercado. Nos falta una solución, una propuesta, una idea.

El empresario, fiel a la ortodoxia aprendida, busca la respuesta a su problema en el Manual del Buen Gestor Empresarial. No cae en la cuenta de que, de estar ahí, alguien más lo hubiera aplicado. Pregunta a su asesor por modalidades de contrato más ventajosas, posibles beneficios fiscales y otras solucione similares. Incluso se le pasa por la cabeza, sencillamente, hacer que su personal trabaje más, o meta más horas, saltarse la legalidad o… en realidad no se le ocurre nada. Así que, simplemente, asume que eso es así.

Entonces llega una chica que acaba de salir de una escuela de hostelería, y le dice que, precisamente, le ha dado vueltas a ese problema y que tiene una posible solución, una idea.

Le propone situar la barra y las cámaras junto a la fachada con la terraza, y sobre una plataforma deslizante sobre carriles metálicos.

Cuando hace malo, la plataforma con la barra está en el interior del local, frente a las mesas de dentro. Apenas hay entonces nadie en la terraza, de manera que se atiende sin problemas. Cuando hace malo, la plataforma se desplaza al exterior, frente a las mesas de la terraza. No hay casi nadie dentro cuando hace bueno.

Como ventaja adicional, las cámaras, la cafetera y, en general, la actividad en la barra, incluida la física, genera calor, que puede ser bienvenido en la terraza haciendo sol con temperaturas bajas o, cuando menos, disiparse más fácilmente desde allí con temperaturas altas, disminuyendo la necesidad de acondicionar el aire interior en verano.

¿Cuantos empresarios de hostelería se brindarían a escuchar con calma el resto de la propuesta? Algunos dirían que ponerla en práctica supondría una inversión importante. ¿Cuantos empresarios de hostelería han hecho reformas u otras inversiones importantes simplemente redecorando? ¿Consiguieron con ello una ventaja competitiva relevante? ¿Mejoraron sus costes operativos?

La mayoría de las ideas innovadoras traen consigo nuevos problemas a resolver. Pero, ¿acaso no hay ya problemas a resolver sobre la mesa? ¿Y cómo podemos saber si en una idea pesan más las soluciones que los problemas sin analizarla primero?

Una propuesta, una idea, es sólo eso, y nada menos que eso. Es una posibilidad. Recharzarla es negarse a todo lo que de bueno pudiera aportarnos, a todo lo que traiga consigo.

¿No merece la pena, al menos, echarle antes un buen vistazo?

 

 

 

Federico Moratinos

 

Dtor Centro de Innovación y Diseño del Campus Rural

 

y Responsable del proyecto Laboratorio de Innovación Abierta

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